sábado, 30 de enero de 2010


una sombrilla luminosa, el policia malo y el marginal que roba y sobrevive. autos rotos que maneja la ciudad. cambio de carril. dale, dame la mano. lo naranja y vos en mi habitación. peluca telefonica por la mañana, desayuno mi capricho. ruedas cero kilometro. un río. un griego. alguna lancha. helado y tango 4 para mi nena. tuve tu amor, por un momento se que tuve tu amor, entonces tengamos nuestro amor.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Platz no autorizado


Platz vio las curvas que lo abrazaban aquella mañana, y su aliento marco el ritmo del despertar, lento. La cabeza reposaba sobre su pecho, sentía sus piernas enredadas, ella estaba calida y el contacto con las sábanas abrigaba los espacios de desnudez. El bajo su mano, apenas rozaba su brazo, y tomó la de ella, apenas la apretó, seguía durmiendo. Ergio su espalda hasta quedar cara a cara, a la altura de la nariz. Platz respiro su aliento, una vez, dos veces, y cerro los ojos, su mano siguió el recorrido que su instinto animal y carnívoro indicaban. Apoyó su pulgar en su ingle, y prendió el resto de sus dedos en uno de los cachetes de su cola, la apretó con tensa presión, a ella no le dolió, y el volvió a apretar.

miércoles, 2 de diciembre de 2009


Con el sonido del play recordé mi primer viaje hace no mucho tiempo, meterse en los rincones de otras ciudades puede hacerte conocer tus propios miedos. Y así fue que conocí los mío, y ante el desafío de poner el cuerpo, no afloje las piernas y me baje del bus. Entrarse en la vida de una persona tiene más que ver con los detalles cotidianos que con los shows de una barra y una buena bebida, porque las luces de los bares tienen photoshop y el amor pareciera retocarse cuando suena algún rock. Una vez me dijeron que era insoportable al haber notado como detalle romántico que la chica pasaba el trapo en la mesada, pero yo me había enamorado de sus manos, sus dedos apenas flexionados que ejercían una mínima presión sobre la rejilla amarilla. Me perdí en ese movimiento, y son muchos los que se me pierden algunos días, creo que por eso cuando me sumergí en ese minuto 4 segundos de cotidianeidad en formato digital me volví a enamorar de sus dedos, de sus manos que simulaban un tambor en sus rodillas. Y esos movimientos se repiten en variadas tareas, cuando marca el teléfono, cuando busca sus lentes de contactos, cuando prepara el mate, cuando busca plata en la billetera, cuando se sirve agua, cuando me dice buenos días y me insinúa un revolcón, cuando me toma la mano, cuando corta las verduras, cuando le paga a la cajera, cuando apaga la luz, cuando se pone la remera, cuando apoya su cartera, cuando me dice que va al baño, cuando le pone el barral al auto, cuando cierra el capot, cuando me explica que las palomas son ovíparos, cuando me hace la merienda, cuando me pregunta por la bicicleta, y hasta cuando me dice adiós.

lunes, 23 de noviembre de 2009


Escucho la canción más linda del mundo, de un día como hoy en que la alegría es enorme y pienso en mujeres hermosas y se me infla el pecho al toque de suspiro y mis pies se hacen de pronto pequeñitos y las flores bailan y yo ya soy un dulce rock que da dos vueltas y la luna me ofrece su arcada y esta menguante la salsa, y son tres los besos que recibo esta noche, y esos extraños pensamientos bailan conmigo, un universo pleno, una pelota redonda, un viejo cuaderno, una buena idea, tus sueños, los míos, un pez, un viejo teléfono, dos tambores, una pilas de libros y un lápiz naranja.

lunes, 9 de noviembre de 2009


Las palabras que se ponen de acuerdo en el corner de la barra, mi mano se tienta pero aguanta la respiración. Sillones estrenados, camas arrugadas, queso rayado, sabe a orquídea el martillo que demuele el muro de las escaleras perfectas de la mente. Sabe a desierto la pausa, sabe a paciencia el amor. Porque entiendo los rebordes del inmenso abismo, porque me sostengo en ellos, porque la piel se hace pliegue y yo, sinceramente, me sumerjo.

Y vienen las abejas, las libélulas e insectos de mil colores. Y las cosas son así, algunos sábados punks y otros Sargento Pepper, a solas, para no perturbar el silencio de los autos y colectivos que asoman sus turbinas y estoy en Arabia, estoy en Arabia! Y un camello se acerca, tunica blanca cabalga sobre aquella montura suave de seda. El galope levanta la arena, el viento suave da vueltas de oeste al este. Y mi casa es frescura, estoy en casa! El cielo es amarillo, los azotes naranjas del placer. Nuevamente la música suave de las arabias que me envuelven como el humo, mandrágora de tambores, el cuadro es lento, apenas hago táctil la nueva velocidad de la luz. La arena me roza los tobillos, siento todo, cada grano que toca mi piel, el viento me limpia.

lunes, 12 de octubre de 2009


Esos días pensaba como sería la terminal, me la imaginaba atestada de gente, vendedores ambulantes vendiendo discos con el volumen al máximo, el piso lleno de pelusas y servilletas blancas con la marca de los dedos aceitosos de un super pancho. Trataba de pensar lógicamente y entonces diseñaba una maqueta del lugar en el que situaba a la remisería al lado del locutorio y en frente de los baños. Y si trazaba unas líneas fuera de la terminal, el gentío seguía apareciendo, y veía como esquivaba a los transeúntes apurados, entonces, ahí no más aparecía la plaza y un difuso recuerdo de un gran edificio blanco.

Me subí al autobús y logré un asiento no muy al fondo y sobre el pasillo. Las calles comenzaron a pasar y todo se volvió ruta, campo y carteles verdes.
El recorrido fue a ritmo constante, el feriado largo no había alterado el tránsito, mirar por la ventana me hizo pensar nuevamente en la terminal, pero ya no podía imaginar más que mis pies bajando los escalones del micro, no podía avanzar con mi cabeza más allá que un salto para alcanzar el cordón, cuando intentaba mirar a mi alrededor volvía a bajar del bus. Se repetía la imagen, mis pies se detenían al tocar la terminal, y nuevamente volvía a la ruta, el campo y los carteles verdes.
Baje en una parada que se encontraba antes de la terminal, era una garita que se encontraba a algunas cuadras de la estación del tren. Mis pies se movieron y tocaron la vereda. Fue un salto en cámara lenta, casi hasta pude calcular sobre que baldosa pisar. Sentí la textura del piso y la temperatura del aire, mi visión estaba clara y los cristales de mis anteojos estaban bien transparentes. No era como lo había imaginado unos días atrás. No había ruido, no había gente, no había papeles en el suelo. Era como un bosque, había árboles enormes y el pasto del boulevar estaba bastante crecido.

Ella quería saber que había dentro de mi cabeza, me lo pregunto con un beso en el balcón de una casa vacía atestada de gente, y yo sólo recordaba la calma del bosque.

viernes, 2 de octubre de 2009